Pippi con gato
Pippi hacía lo que le daba la gana, vivía sola, levantaba caballos y tenía más sentido común que la mitad de los adultos que la rodeaban. Normal que nos cayese tan bien. Y encima aquí sale con un gato. Poco más se puede pedir.
Mucho antes de que se pusiera de moda hablar de empoderamiento, independencia o romper moldes, llegó una niña pelirroja con dos trenzas imposibles y una casa donde nadie le decía a qué hora tenía que acostarse.
Y nos conquistó.
Porque Pippi Calzaslargas no era la típica protagonista perfecta. Era un terremoto. Se equivocaba, improvisaba, decía lo que pensaba y tenía una habilidad extraordinaria para poner patas arriba cualquier situación.
En esta chapa aparece en uno de esos momentos tranquilos que también tenía de vez en cuando, compartiendo escena con un gato que parece haberse tomado demasiadas confianzas. Una imagen entrañable, sí, pero también una pequeña cápsula de nostalgia para quienes crecimos viendo sus aventuras en la televisión.
Hay personajes que recordamos porque estaban en nuestra infancia. Y luego están los que, al volver a ellos de adultos, nos caen todavía mejor.
Pippi pertenece claramente al segundo grupo.
Porque seamos sinceras: si hoy apareciese una niña que vive sola, cuestiona todas las normas absurdas y hace exactamente lo que considera justo, probablemente seguiría escandalizando a la misma gente.
Y eso nos encanta.