Chapatízate no nació en un garaje ni en un despacho serio. Nació entre apuntes, cafés tibios y ganas de hacer cosas. Empezó en Santiago de Compostela, en una cafetería cerca de la Alameda, hablando de música indie, de libros, de cultura pop y de chapas. Porque las chapas molaban. Y porque eran muy pop.
En 2004 llegó la primera máquina. Grande, pesada y de esas que hay que querer. La compramos entre Pili, Sole y yo, cuando vivíamos en un piso de estudiantes en Vista Alegre. La Facultad de Filología no se veía desde la ventana, pero estaba cerca, y eso ya marcaba camino. Hacíamos chapas en el salón, entre trabajos de clase, risas y algún que otro drama universitario. No había redes sociales: todo funcionaba con boca a boca, fotocopiadora y entusiasmo.
Las primeras chapas fueron feministas, LGTBIQ y filológicas. En el VI Congreso de Lingüística Xeral, en Santiago, dejamos algunas chapas en la fotocopiadora de la Facultad. A las pocas horas nos llamaron para pedir más. Se agotaron. Y ahí entendimos que aquello tenía vida propia.
Durante esos primeros años hicimos festivales, ferias, chapas para colectivos, bares, asociaciones y amigas. El proyecto se quedó pronto en mis manos y siguió creciendo despacio, de forma artesanal y sin demasiadas pretensiones, pero con algo muy claro: hacer sonreír.

Después llegó el viaje. Una breve parada en Madrid y más tarde 17 años en Zaragoza. Chapatízate se volvió un proyecto híbrido, con corazón compostelano y vida maña. Cajas de chapas en el maletero, la máquina viajando de barrio en barrio y la marca creciendo al ritmo de la vida. El humor pasó de ser un medio de defensa a convertirse en oficio, y de ahí, en ADN.
Hoy Chapatízate sigue siendo eso: un espacio cercano, humano y con sentido del humor. Si nos equivocamos, lo arreglamos. Si alguien escribe, respondemos. Aquí importan las chapas, sí, pero sobre todo la gente que las lleva.
De una máquina pasamos a seis o siete. De chapas redondas a cuadradas, rectangulares, triangulares, imanes y pins. Pero la chapa sigue siendo la reina del baile. Otras cosas suman, pero la chapa nos nombra.
Y aunque hoy Chapatízate tenga una voz clara y reconocible, nunca ha sido un proyecto completamente solitario. Durante todos estos años ha habido muchas personas sosteniendo, empujando y cuidando. Amigas que ayudaron cuando hacía falta una mano más: Nadege, Sole, Andrea, Carol, Migueliño, Laksmy, Pili, Pilar, Paco. Familias que también formaron parte, incluso sin saberlo del todo: mi padre pintando marcapáginas a mano, mi madre cosiendo bolsitas de tela para que todo llegase bonito, mi hermana ayudando en cada mudanza y asistiéndome en cada crisis, confiando siempre en mí.
Ese trabajo invisible, hecho con cariño, también es Chapatízate.
Después de más de veinte años, seguimos aquí. Con humor, con ideas y con metal.
Un poco punk, un poco biblioteca.
Chapas raras y diferentes para llevar lo que piensas en la solapa.